1) TEXTO DE LA CITACION
"Montevideo, 14 de enero 1994.
La CAMARA DE SENADORES se reunirá en
sesión extraordinaria, hoy viernes 14, a la hora 17, a fin de hacer cesar el
receso y tributar homenaje en memoria del señor senador Carlos W. Cigliuti
fallecido en el día de la fecha.
LOS SECRETARIOS".
2) ASISTENCIA
ASISTEN: los señores senadores Alonso
Tellechea, Amorín Larrañaga, Arana, Astori, Batalla, Belvisi, Blanco, Bouza,
Bouzas, Bruera, González Modernell, Grenno, Irurtia, Millor, Olascoaga,
Pereyra, Pérez y Ricaldoni.
FALTAN: con licencia, la señora
Senadora Priore; con aviso, los señores senadores Cassina, Gargano, Jude,
Korzeniak, Silveira Zavala y Zumarán y, sin aviso, los señores senadores Elso
Goñi, Librán Bonino, Ramírez y Urioste.
3) SOLICITUD DE SESION
SEÑOR PRESIDENTE. - Está abierto el
acto.
(Es la hora 17 y 10 minutos)
-Corresponde votar si se levanta el
receso a efectos de celebrar sesión en homenaje a la memoria del distinguido
integrante de este Cuerpo, el señor senador Carlos W. Cigliuti, fallecido en el
día de la fecha.
(Se vota:)
-17 en 17. Afirmativa. UNANIMIDAD.
Está abierta la sesión.
4) SEÑOR SENADOR PROFESOR CARLOS W.
CIGLIUTI. Su deceso.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Belvisi.
SEÑOR BELVISI. - Señor presidente:
como es notorio, el Cuerpo se ha reunido en el día de hoy para rendir homenaje
a la memoria de quien fuera uno de sus más brillantes y destacados integrantes.
Antes de comenzar a pronunciar nuestras palabras de recordación y de homenaje,
queremos agradecer la presencia en esta sala, del señor ministro de Salud
Pública, doctor Guillermo García Costa, que así da muestra de su adhesión a
este acto. Es, también, tarea muy difícil para nosotros, en nombre del sector
político que representamos, el Foro Batllista, hacernos cargo de expresar algo
de lo mucho que se podría destacar de este brillante parlamentario y hombre
público a quien adornaron tantas virtudes y méritos durante su trayectoria como
ciudadano, así como de las distintas actividades en las que se distinguió a lo
largo de su extensa vida, máxime cuando nos embarga un hondo pesar y un inmenso
dolor, confundidos con una profunda tristeza.
Don Carlos W. Cigliuti nació en el
departamento de Canelones el 12 de noviembre de 1916. Realizó cursos en la
enseñanza media, desempeñando tareas docentes como profesor de Historia en el
Liceo Tomás Berreta desde el año 1942. En este aspecto cumplió también una
destacadísima actuación como profesor vinculado durante muchos años a la
juventud, a la que orientó y formó en las aulas de los liceos. Y podríamos
decir que su función docente, en el más amplio sentido de la palabra, se
cumplió hasta el último día de su vida en relación con quienes tuvimos el
privilegio de trabajar a su lado y de tratarlo en la actividad política y
parlamentaria. Es de público conocimiento, naturalmente, que militó en el
Partido Colorado desde 1933 a muy temprana edad, habiendo sido electo diputado
para el período 1967-1972 en representación del sector de Unión Colorada y
Batllista. En junio de 1967 pasó al Senado en calidad de suplente del doctor
Héctor Luisi, que fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores. Luego, en
virtud del retorno al Senado del titular, Cigliuti volvió por su parte, a la
banca de la Cámara Baja el 27 de abril de 1968 pero cuando aquél fue designado
embajador en los Estados Unidos, retomó su puesto en el Senado.
Señor presidente: el señor senador
Cigliuti intervino también en distintos foros como el celebrado en Chile en
1952, Congreso José Toribio Medina. Además, presidió la Cuarta y Quinta
Asambleas Nacionales de Profesores de Enseñanza Secundaria -convocadas conforme
a la ley de acuerdo al Estatuto del Profesor- a las cuales dedicó mucho de su esfuerzo,
trabajo, tesón, inteligencia y pasión.
El señor senador Cigliuti es, además,
cofundador de "La Razón" de Canelones, periódico que dirigió desde
1942. Quizás nosotros por ser un poco más jóvenes no conocimos en profundidad
esta tarea, pero podemos decir que la faceta periodística de su personalidad
fue cumplida y desarrollada con brillantez. Asimismo, es importante resaltar
que obtuvo una mención honorística en concursos realizados en Buenos Aires
sobre el tema "Artigas y su influencia en el federalismo argentino",
trabajo que aún no ha sido publicado. En este sentido, tenemos una deuda más
con él. Por otro lado, recibió también una mención de la O.E.A. por su trabajo
"Sesquicentenario de los hechos históricos de 1825" sobre el tema
"Artigas y su significación histórica". Como se puede apreciar, su
quehacer en este aspecto siempre estuvo vinculado con su tarea de profesor de
historia. También publicó dos libros: "Vida de don Tomás Berreta" y
"El Batllismo de Canelones". Su sabiduría y su inteligencia, lo
llevaron a concretar, en base a sus principios batllistas, estas obras que
recogen parte de su conocimiento y pasión por su partido.
El 27 de julio de 1972 fue designado
Subsecretario de Defensa Nacional y renuncia, con el ministro Legnani, el 19 de
octubre del mismo año, acompañando entonces la fórmula de ese Ministerio.
Posteriormente, el 25 de noviembre de 1984 es electo senador por el sublema
Unidad y Reforma, Lista 15 del Partido Colorado, el 26 de noviembre de 1989 es
reelecto para integrar el mismo Cuerpo al que perteneció hasta el día de hoy.
Pero además, el senador Cigliuti, cumplió una labor trascendente en una
institución deportiva de enorme arraigo en el interior del país. Me refiero a
la brillante actuación que tuvo en la conducción de la Organización del Fútbol
de Interior en su calidad de presidente durante más de un período en los que
fue destacada su calidad de impulsor de distintos proyectos en favor de esta
rama del deporte de tierra adentro. Y como en esta actividad, también el senador
Cigliuti estuvo siempre unido a otras de carácter social, deportivo, cultural,
industrial y comercial de su departamento natal y de ellas recogerá, sin duda,
siempre, el testimonio y la expresión de reconocimiento por su vasta y
enriquecedora tarea en favor de su comunidad.
Más allá de los datos biográficos y
de la reseña de su actividad, creemos que al senador Cigliuti lo distinguieron
muchas virtudes que de nuestra parte sería imposible sintetizar. De todas
maneras, quizás hay un aspecto de su vida y de su acción, de su manera de ser y
de su conducta, que nosotros desearíamos destacar sin perjuicio de su larga
trayectoria como profesor, de su intensa y destacada actividad política, de su
defensa de los principios democráticos, de su pasión batllista y de tantos
otros valores que adornaron su vida: su calidez humana.
Quienes tuvimos el privilegio de
participar en foros, o en reuniones de esta actividad parlamentaria con él,
podemos dar fe y testimonio de esa calidez humana, de esa cordialidad, de su
estilo de vida, de su honradez, de su austera y honesta vida. Digo que debe ser
un símbolo para muchos y que la vida y la conducta del señor senador Carlos W.
Cigliuti siempre resultará un punto de referencia y un ejemplo a imitar por las
generaciones presentes y futuras.
Deseamos hacer llegar, en nombre de
nuestro sector político nuestras condolencias a su señora esposa, a su hija, a
sus nietos y demás familiares y nuestros deseos de que los méritos y virtudes
que adornaron al senador, sirvan tal vez para ayudar a mitigar tan sentida
pérdida.
Muchas gracias.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Pereyra.
SEÑOR PEREYRA. - Señor presidente: en
la dolorosa circunstancia en que el Senado de la República se reúne para rendir
homenaje a un hombre que honró a la institución parlamentaria, como fue el
senador Carlos Walter Cigliuti, deseo dejar sentado el reconocimiento a su
personalidad y labor en nombre de nuestro sector político. Pero quiero decir
que más allá de investir dicha representación, voy a volcar sentimientos
personales, en virtud del largo lapso en que me tocó compartir con el señor
senador Cigliuti bancas parlamentarias, tanto en la Cámara de Representantes
como en el Senado. Allí aprendí a conocer a este hombre magnífico, a este ciudadano
austero, como acaba de señalar con acierto el señor senador Belvisi, de vida
ejemplar y modesta, expresión fiel de vocación republicana, de cumplimiento de
una misión de servicio con firmeza y al mismo tiempo con la modestia de
aquellos que, a fuerza de pasar por la vida y golpearse con ella, van dejando
de lado todo rasgo de soberbia para reconocer cuán pequeños somos en nuestro
pasaje por la Tierra.
Cuántas veces oímos en este Cuerpo al
senador Cigliuti levantar su voz para despedir a hombres públicos, a quienes
han servido a la República, porque sentía como cosa suya esa misión. Cuando
caía uno, de cualquier partido que fuera, el señor senador Cigliuti sentía que
lo hacía uno de los suyos, de los que habían hecho de su vida la forma de
servir mejor a la sociedad que integramos, a la República, a sus instituciones
democráticas, a su cultura y a todo lo que a ella la distingue y la honra.
Habló por muchos, y hoy lo hacemos por él, despidiéndolo y sintiendo que nos
deja un inmenso caudal de recuerdos, de emociones, de discusiones y de
solidaridades; sintiendo que se va, aunque no sea de nuestro Partido, uno de
los nuestros, de los que ha hecho de la causa pública, de la función política,
el más alto rumbo de su existencia.
Obviamente -¿quién no lo sabe?- el
señor senador Cigliuti fue hombre distinguido del Partido Colorado y estaba
dispuesto a defenderlo en todas las circunstancias, porque lo amaba con pasión.
Dentro de este sector, ¿quién no sabe que el señor senador Cigliuti fue un
batllista ortodoxo, convencido de las enseñanzas y trayectoria del señor José
Batlle y Ordóñez? Sin embargo, como colorado y batllista, militó en un partido
sintiendo que éste no era el fin en sí mismo, sino el instrumento para servir a
la sociedad. El partido fue la herramienta que eligió para esa larga
trayectoria de servicio que jalonó toda su vida.
Lo recordamos como polemista
ardoroso, ya que en los enfrentamientos políticos levantaba su voz enérgica y
firme en la defensa de sus convicciones; pero pasado el momento, el calor de la
discusión, se podía ver que detrás estaba la sonrisa amable, la mano franca, el
ademán cordial del compañero de tareas. Terminada la polémica y también en
pleno debate era un caballero en todo el sentir que a través de los tiempos
pueda darse a esa expresión.
Como decimos, la vida de este hombre
estuvo llena de pasiones ardorosas por su partido, por su país y por la
democracia, a la que sirvió en todas las instancias, por la forma en que tuvo
que luchar por las instituciones, cada vez que éstas fueron derribadas en dos
etapas de su vida y, naturalmente, la más dolorosa fue la que está más cercana
en el tiempo. También allí lo recordamos formando la legión de los que pugnaban
por encender cada vez más fuerte la llama de la resistencia, para terminar con
la barbarie e imponer nuevamente el derecho.
A nuestro juicio, fue un legislador
que tuvo las dos cualidades esenciales que debe tener como tal: responsabilidad
y fervor en el cumplimiento de su misión. Responsabilidad, para prestigiar a la
institución, para responder al mandato de quienes en él habían depositado su
confianza para hacer honor a las instituciones democráticas; para caminar, como
siempre lo hizo, con paso firme, seguro de que en la verdad o en el error había
volcado con pasión -reitero esta expresión- lo que sentía como su verdad, y por
eso se hacía respetado y respetable. Esta reiteración de la palabra
"pasión" es porque sentimos que quizá la característica esencial de
la personalidad del señor senador Cigliuti, de lo que él emanaba cuando se
enfrentaba a los debates parlamentarios y a la tarea política, era ese fuego de
pasión que inundaba su alma.
No hay político que pueda prescindir
de esa llama con mayor o menor intensidad. La pasión en la acción política,
lejos de ser un defecto, es una virtud; es la sensación clara de que se cree en
aquello que se está diciendo, en aquello por lo que se está luchando. Por ello
se pone, en la palabra y en la lucha, todo el calor y la fuerza que es capaz de
alimentar el espíritu humano.
Cigliuti sentía pasión por su país,
pasión por la cultura; lo recordamos en las Comisiones de Presupuesto, bregando
siempre por procurar incrementar los rubros para que la enseñanza y la cultura
de la República siguieran manteniendo las características que la han honrado a
través de toda su existencia.
Este hombre quiso forjar un país con
el que soñó y quizás todos soñamos, un país donde se cultive la suprema virtud
de la democracia, que es la tolerancia; donde por medio de la paz social se
asegure la paz integral del país; donde mediante la justicia social se logre la
convivencia pacífica. En realidad, como decía el señor senador Belvisi, no se
encuentran fácilmente las palabras para definir a este hombre singular que fue
Carlos Cigliuti, el compañero del Parlamento con quien convivimos desde 1962
-fecha en que ingresó a la Cámara- hasta hace pocos días, el hombre a quien
siempre respetamos, que se supo hacer querer por amigos y por adversarios
políticos, que supo discutir con ardor sin ofender a sus contrincantes circunstanciales.
Hoy, el viejo caballero ha rendido su espada: honor a él.
Y para cerrar estas palabras, en
lugar de evocar el dolor por la muerte y de sentir que nos debatimos en su
sombra, seguramente Carlos Cigliuti hubiera querido que un rayo de luz apareciera
para cerrar estas palabras, y por ello, simplemente, queremos decir: ¡Viva la
República!
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Astori.
SEÑOR ASTORI. - Debo comenzar por
decir que la bancada del Frente Amplio ha recibido con muchísima tristeza la
noticia del fallecimiento de nuestro colega y compañero, el señor senador
Carlos Cigliuti. La recibimos con mucha tristeza porque todos los integrantes
de nuestra bancada habíamos aprendido al igual que los demás componentes del
Cuerpo, a quererlo muchísimo en estos años en que nos tocó compartir tareas con
él.
En la XLIII Legislatura del Senado
hay personas, como el señor senador Pereyra, que compartieron más de tres
décadas de trabajo con Carlos Cigliuti. A nosotros -en particular, a algunos-
nos tocó compartir mucho menos tiempo, pero aunque éste fue inferior en
cantidad, fue -y al decir esto, creo representar a todos mis compañeros de
trabajo- sumamente intenso en calidad de comunicación política. Por eso
aprendimos a quererlo tanto, y a ello se debe la tristeza que sentimos en el
día de hoy. Esta tristeza quizá se vio incrementada porque habíamos recibido
con gran satisfacción, en su momento, la información de que Carlos Cigliuti
había superado con éxito aquel quebranto de salud que tuvo recientemente.
Es muy difícil, señor presidente,
pronunciar una oración fúnebre en el día de hoy, porque la tristeza nos embarga
ante la desaparición, antes que nada, de un hombre bueno, de un hombre muy
bueno. Es difícil, también, porque se trataba de un político muy experiente y,
a mi juicio, extraordinariamente inteligente. Además, lo es por lo que
recordaba el señor senador Pereyra, en cuanto a que todos reconocíamos en
Carlos Cigliuti a un maestro en ocasiones como la que hoy estamos viviendo.
Es extraordinariamente difícil
devolverle hoy al menos una pequeña parte de la emoción que él siempre sabía
despertar en estas situaciones. Creo que no existen dos opiniones en el Senado:
Carlos Cigliuti sabía despertar como nadie las mejores emociones cuando vivíamos
trances de este tipo. La última oportunidad que recuerdo fue la muerte de
Atahualpa Del Cioppo, cuando con sentidísimas palabras, como era su costumbre,
recordó no sólo la vida de Atahualpa sino también su historia en Canelones, su
querido departamento.
A la unanimidad con que todos
reconocíamos esa condición, y que hoy hace especialmente difícil referirse al
menos con una pequeña parte de la emoción que él sabía volcar, deseo agregar
que consideramos que este es el momento de reconocer que si Carlos Cigliuti era
un maestro para despertar esas emociones, ello se debía a que las llevaba
adentro. Nadie puede comunicar a los demás lo que no lleva dentro de sí mismo.
Por lo tanto, hoy debemos reconocer que Carlos Cigliuti era un hombre lleno, en
su alma y en su corazón, de valores humanos superiores, ésos que sabía
trasmitir a los demás cuando hacía aflorar la sensibilidad que siempre llevaba
dentro de sí.
Todos los legisladores del Frente
Amplio, y seguramente todos los integrantes del Senado de la República,
encontramos siempre en Carlos Cigliuti a un hombre de permanente diálogo; aun
ante el problema más difícil tenía siempre una actitud proclive a la
conversación, a la búsqueda de acuerdos, al encuentro de soluciones. Vaya si en
estos años hemos tenido que conversar con Carlos Cigliuti todos los integrantes
del Senado acerca de problemas muy difíciles; siempre encontramos en él una
actitud de diálogo, jamás hubo un rechazo a priori ante ningún planteo.
Además, también era un hombre que
analizaba los problemas con mucha inteligencia y, sobre todo, con mucha
experiencia, toda la que acumuló a lo largo de tantos años en el Parlamento, lo
que le permitía, ante cualquier situación que debiera ser analizada o acción
que tuviera que examinar, adoptar una actitud con la mesura y la profundidad
necesarias para dirimir, con la mejor postura, el dilema en que podía hallarse.
Y, además de todo eso, creo que
cuando uno hablaba con Cigliuti sabía a qué atenerse, porque tenía la virtud de
comunicar siempre, y en todo momento, su postura política con total
transparencia. Con Cigliuti no había dudas, señor presidente; siempre se sabía
lo que pensaba y, por tanto, lo que iba a hacer.
Cigliuti era un hombre de pronósticos
políticos acertados, lo cual era muy difícil realizar en este ámbito de
trabajo. Esto lo comprobé personalmente en estos años en que pude aprender
tanto con él. Era un hombre que tenía la capacidad de adelantar situaciones
porque las veía venir; y las veía venir porque tenía una gran facilidad de diagnóstico
y una gran aptitud para ir al fondo de lo que analizaba. Por eso solía
pronosticar bien.
Reitero que, en lo personal, pude
vivir con Carlos Cigliuti una experiencia que me resultará absolutamente
inolvidable: me tocó sentarme a su lado en todas las Rendiciones de Cuentas
durante cuarenta y cinco días. Por supuesto, en ese lapso de cada año se
hablaba de la Rendición de Cuentas, pero también de muchos otros temas, porque
siempre ocurre así. Al respecto, quiero decir con mucha sinceridad y con la mano
en el corazón que durante ese aprendizaje que hice con Cigliuti -especialmente
y en profundidad durante las Rendiciones de Cuentas, en cada instancia
presupuestal- era fundamental callarse y escucharlo, porque como era un hombre
que no hablaba mucho, su consejo siempre era sabio.
En ese sentido, solicito que se me
permita compartir con todos ustedes, mis compañeros de trabajo, en este
recuerdo a Carlos Cigliuti que le estamos haciendo en el día de hoy, algunos de
los primeros consejos que me dio: "Nunca hay que hablar para repetir algo
que uno ya dijo; siempre hay que hablar para decir algo nuevo". En lo
personal, siempre he tratado de recordar esas palabras que, reitero, considero
muy sabias; ellas no pertenecen a un sector ni a un partido político, sino a un
hombre que de esto sabía mucho y que, además de saber mucho, lo compartía con
sus compañeros de trabajo.
Asimismo, si se me permite, desearía
realizar una brevísima síntesis de su personalidad -en forma muy humilde, por
cierto, porque, como ya dije, tuve muy pocos años de conocimiento de don Carlos
Cigliuti, aunque creo haberlos vivido con intensidad- para la que encontraría
adecuada una palabra: serenidad. Creo que era un hombre políticamente sereno,
de esos que podrán cometer errores en política como cualquiera, pero jamás por
apresuramiento. Humildemente, reitero, esta es una virtud que en lo personal
valoro mucho. Cigliuti era un hombre que sintonizaba perfectamente con aquel
poema de Antonio Machado que habla del hombre que sabe esperar, que sabe aguardar
porque la marea siempre llega, para tratar de partir junto con ella. Y don
Carlos Cigliuti, tal como Antonio Machado decía en ese poema, sabía que la
victoria siempre es del que sabe esperar.
Señor presidente: es obvio, es
evidente -y así lo vamos a hacer- que en nombre de la bancada del Frente Amplio
tendríamos que presentar condolencias, en primer lugar, a su sector político,
el Foro Batllista, y al Partido Colorado, a todo el Partido Colorado al que
pertenecía Carlos Cigliuti. Sin embargo, creo que las condolencias hay que
presentárselas, en el día de hoy, a todo el sistema político uruguayo, porque
ha perdido a un gran político. Asimismo, hacemos llegar nuestro pesar a su
gente de Canelones y al pueblo uruguayo en su conjunto, porque han perdido a un
gran hombre.
Señor presidente: que el alma de don
Carlos Cigliuti descanse en paz para siempre.
Muchas gracias.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Santoro.
SEÑOR SANTORO. - Señor presidente: en
circunstancias en que el Senado rinde su tributo de dolor y de ausencia al
señor senador, Profesor Carlos Walter Cigliuti, en lo personal no sabemos a qué
investidura apelar para rendirle el homenaje que se merece. Creemos que debemos
mostrar nuestra condición de hijos, de ciudadanos de Canelones. En ese aspecto,
podemos decir que Cigliuti fue un hijo predilecto de ese departamento y su
capital, a los que siempre se sintió totalmente vinculado, con una especie de
pasión permanente.
Al rendir en esta forma el homenaje a
Cigliuti, desearíamos poder atrapar el tiempo, las circunstancias y los hechos,
trayéndolo por unos instantes a este recinto y así, entre todos, revivir el
Canelones de los años treinta, donde hubo un conjunto de ciudadanos que
tuvieron la particularidad de trabajar, fundamentalmente, para cultivarse
intelectualmente. Ellos formaron grupos, realizaron sesiones en las que leían,
se cultivaban, trataban de informarse y así abrevar su sed de conocimiento.
En ese nivel, podríamos mencionar a
ciudadanos de la talla de los hermanos Del Cioppo, de Eudoro Mello, de
Francisco Bastón, de hombres de la condición de Ruperto y Félix Machín y de
tantos otros que con Cigliuti conformaron una especie de identidad de la ciudad
de Canelones, en la posibilidad y en la definición de darle un basamento y un
fundamento cultural. Y Cigliuti estuvo allí, entre los ciudadanos que más se
distinguían.
Asimismo, en ese recuerdo de
Canelones de los años treinta quisiéramos incluir al viejo Liceo de don Jaime
Borboné, al que concurrió Cigliuti, que posteriormente recibió el nombre de
Tomás Berreta.
También desearíamos, en este
recuerdo, mencionar a Cigliuti periodista de "La Razón"; a Cigliuti
concurrente asiduo a la casa de don Tomás Berreta; a Cigliuti impactado -al
igual que su padre, don Carlos Cigliuti- por esa vigorosa personalidad de la
política nacional que fue don Tomás Berreta, a quien quedó permanentemente
vinculado en una especie de enamoramiento superior.
En ese Canelones de los años 30
queremos distinguir a Cigliuti en la condición de haberse constituido en una
especie de arquetipo del ciudadano, del republicano, del hombre que tiene
profundo respeto por la soberanía popular, pero que también coloca frente a
ella, si es necesario, la soberanía de la Constitución y, sobre ésta, la de la
justicia. Cigliuti fue esa expresión permanente de un republicano y lo trasuntó
hasta en su vida sencilla que hasta ayer mantenía y que hoy, inclusive,
mantiene en el velatorio de sus restos, que se hace en su propia casa, en su
modesta vivienda de la ciudad de Canelones.
Perfectamente puede ser definido como
un arquetipo del ciudadano que se generó a partir de los años 20, que fue
producto de la actividad de los liceos cuando los de Canelones se constituían
en una especie de Universidad; lo que allí se aprendía servía para formar la
personalidad y para tener un bagaje cultural suficiente para enfrentar las
distintas exigencias de la vida. Cigliuti tuvo esa particularidad como también
tuvo la de ser siempre idéntico a sí mismo; jamás cambió, incluso, en las cosas
sencillas que es necesario expresar con vigor para que queden reflejadas en la
propia exposición: durante toda la vida viajó en ómnibus desde Canelones a
Montevideo. Esta es una expresión del arquetipo de ciudadano y republicano de
Cigliuti, el del ciudadano que siempre es idéntico a sí mismo en lo intelectual
y en lo moral; el ciudadano que no cambia absolutamente en nada su modalidad de
vida, que se enamora de su esposa a los 14 años y solamente la deja ahora con
la muerte.
Nosotros lo conocimos en el fragor de
la vida política y nos adelantamos a decir que jamás tuvo ninguna diferencia,
más allá de las normales de la ideología y del partidarismo que cada uno supo
cultivar. Lo conocimos como funcionario de mesa inscriptora -así ingresó
Cigliuti a la Administración- de esas que recorrían el departamento de
Canelones incorporando ciudadanos a los padrones electorales. Luego fue
funcionario electoral en una oficina donde realmente se jerarquizaba la
actividad en el aspecto relativo a las técnicas electorales. Allí había
funcionarios de niveles superiores y Cigliuti se distinguía como uno de lo que
más sabía y de los que tenía mayor solvencia. Así fue que un día fue reconocido
y se lo incorporó como ministro en la Corte Electoral, donde estuvo durante
varios años.
A Cigliuti también un día lo
encontramos en la Junta Departamental de Canelones, en una Junta electa en los
años 1950 que integramos con ciudadanos distinguidos. La mayoría de ellos
alcanzaron las posibilidades de procurar dignidades políticas importantes. Allí
lo empezamos a conocer en la condición de un verdadero señor, de un ciudadano
que con legítima pasión, con emoción, con fervor, perfectamente podría razonar
y plantear sus ideas siempre en una actitud respetuosa hacia el adversario.
Jamás cayó en la ofensa de carácter personal porque tenía la particularidad de
saber razonar y porque, además, siempre supo que no tenía la razón total sino
que la alcanzaba moderadamente.
Luego encontramos a Cigliuti en el
Parlamento. Ya se han señalado sus virtudes como legislador pero debo decir que
fue un legislador completo, con capacidad legislativa de hacedor de leyes y de
saber controlar, denunciar y plantear el tema en la forma más justa y
apropiada. Además, tuvo la particularidad de una oratoria superior. Oradores de
la calidad y de la condición del profesor Cigliuti es muy difícil colocar en
una lista que quisiéramos conformar. Cigliuti fue un orador de excepción basado
fundamentalmente en su sincera y convencida fe y creencia en los principios que
él manejaba. En ese sentido, siempre lo respetamos en su condición no tanto de
hombre del Partido Colorado, sino de Batllista. Era un Batllista conocido en la
forma y manera permanente de actuar; estaba convencido del ideario del
Batllismo en el que se vio atrapado y al que permanentemente le rindió tributo.
Asimismo, fue un hombre
intelectualmente superior, de una cultura vastísima, abrevada simplemente en
lecturas. Alcanzó el profesorado en el liceo de Canelones en la Cátedra de
Historia, y allí realizó un real magisterio. Además, tenía una particularísima
memoria; en un instante podía traer un episodio histórico para explicar algo
que estaba ocurriendo en el momento.
Es decir que en ese ciudadano se
conjuntaban una serie de virtudes que realmente lo hicieron un ciudadano de
excepción.
Nosotros, que teníamos una diferencia
de una generación y media en el liceo del departamento de Canelones -muchas
veces se nos consideró del mismo tiempo de Cigliuti, pero somos unos años
menor- hoy le rendimos este homenaje que se merece, fundamentalmente, como
hombre que supo jerarquizar la actividad política, partidaria, republicana y
democrática, sin perder en ningún instante su sencillez de hombre de pueblo, en
la expresión más clara y más diáfana de lo que debe ser un hombre de pueblo.
Cigliuti ha muerto y con esa
particularidad que tiene la muerte, de darle vida a muchas condiciones que a
veces pasan desapercibidas, hoy lo vemos en toda su dimensión y podemos decir
que ya está incorporado a la mejor historia del país y, permítaseme decir, a la
del departamento de Canelones.
Queremos expresar nuestras
condolencias a sus compañeros del Foro Batllista, del Batllismo y del Partido
Colorado. Realmente han perdido a un ciudadano de excepción.
Era cuanto quería manifestar.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Batalla.
SEÑOR BATALLA. - Señor presidente:
cada vez que nos toca hacer uso de la palabra en estas circunstancias, siempre
señalamos que lo que se homenajea no es una muerte sino una vida.
No puedo decir que con el senador
Cigliuti para todos "Chilín"- hayamos tenido largos años de amistad o
de relación, pero es uno de los hombres que admiré en la acción política. Creo
que fue una de esas personas que, sin duda alguna, le dio valor y significado a
la vida política de este país.
Pueden parecer, de repente,
paradógicos o contradictorios dos valores del ex senador Cigliuti, señalados
por el señor senador Pereyra, que eran muy importantes en él: fue un hombre que
vivió apasionado por lo que hacía, pero, al mismo tiempo, era un hombre
tolerante.
Creo que la vida, y sobre todo la
política, permite ir conociéndonos íntimamente, saber lo que cada uno es y los
valores que concebimos como importantes en nuestra vida. Pienso que Cigliuti
fue un hombre que jugó toda una acción a través del amor. Sé que esta palabra a
veces es tomada con un algo de sonrisa irónica, diciendo que no es para la
política; sin embargo, ojalá tuviéramos centrada en el amor toda nuestra acción
política. Cigliuti fue un hombre que amó la democracia, amó la libertad, amó a
su partido, amó al pueblo, a la comunidad, a su departamento y al país, y toda
su vida estuvo dedicado a eso. En sus jóvenes 77 años todo se lo dio al país,
absolutamente todo; vivió un largo proceso en la docencia y, aún siendo un
político, creo que en el fondo continuaba siendo un docente.
Permanentemente se daba y miraba por
los demás, y tenía a la comunidad como parte de su vida. Digo que este es un
valor excepcionalmente importante. Y justamente porque no era una persona prisionera
de sus rencores o de sus resentimientos, se lo puede considerar como un hombre
ejemplar en el combate de las ideas. Defendió lo que creía y lo hizo siempre
con el mejor de los modales; también en la forma y en el fondo. Jamás
descalificó a un contrario; jamás entendió que los adversarios políticos eran
enemigos, ni tuvo un concepto diminutorio para alguien que sostenía un concepto
distinto o totalmente opuesto al de él.
En la medida en que uno avanza en la
vida, más valora esto; o más debería valorar. A los 30 ó 40 años de edad uno
cree que hay setenta asuntos o valores que merecen una vida; cuando uno tiene
algunos años más y se acerca al final, siente que hay muchos menos cosas que
valen toda una vida, pero las lucha con una gran intensidad y profundidad.
Creo que tal vez en todo ese proceso
final que observamos con angustia lo que era la enfermedad de
"Chilín", lo que podría ser su destino final y aún la alegría que nos
produjo su mejoría en los últimos días, nos hace pensar que en el fondo él tuvo
la inmensa felicidad de morir creyendo que al otro día podía estar nuevamente
en el Parlamento. Cigliuti vivió y murió sintiendo la misma necesidad de vida
durante el largo transcurrir de su existencia, necesidad que permanentemente
trató de trasmitir a los demás.
Fue un hombre bueno, pero eso es algo
que, desgraciadamente, en esta sociedad tan materialista y tan materializada,
muchas veces importa poco. Igualmente, siempre digo ¡pobre de aquella sociedad
que margina o atenúa el valor de la bondad!
Cigliuti fue un hombre con el que
siempre era posible el diálogo. También lo conocí con algunos años de
diferencia -que quizás en aquella época fueran más que ahora- cuando él era
ministro de la Corte Electoral y quien habla integrante de la Junta Electoral de
Montevideo. El le dio a este muchacho -que recién comenzaba su vida política-
el diálogo, el respeto, la tolerancia y la comprensión que de repente uno podía
no esperar de un hombre de la significación y magnitud como la suya y de un
ministro de la Corte Electoral. Evidentemente, todo esto va moldeando no sólo a
una persona, sino también a una comunidad. Hombres como Cigliuti son
imprescindibles en una sociedad, hombres como él que permanentemente han
tratado de trasmitir esa cuota de amor necesaria para que cada uno pueda ser
hombre y vivir. ¡Pobre de aquél que vive prisionero de sus rencores! ¡Pobre de
aquél que vive permanentemente en búsqueda de soluciones a través del odio y no
del amor!
Por eso, para un hombre como
Cigliuti, vaya no solamente nuestro recuerdo -porque eso, sin duda alguna,
sería poca cosa para lo que él merece- sino también el reconocimiento de que
fue un ejemplo para nosotros, en lo personal, y para toda la comunidad. Quiero
recoger las palabras del señor senador Astori, en el sentido de que las
condolencias deben ser no solamente para el Partido Colorado, para el Foro
Batllista, sino también para todo el pueblo uruguayo. Creo que el país, con su
muerte, pierde a un gran batllista, a un gran ciudadano y a un gran hombre.
Era cuanto quería expresar.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Blanco.
SEÑOR BLANCO. - La Unión Colorada y
Batllista adhiere con emoción entrañable al homenaje que hoy el Senado rinde a
nuestro compañero Carlos W. Cigliuti. En primer término, extiende las
condolencias a nuestros correligionarios, amigos y compañeros del Foro
Batllista y, asumiéndolas con ellos, al Partido Colorado por la triste pérdida
que hemos sufrido.
He escrito, señor presidente, algunas
líneas, con el deseo de que la emoción no escapara a las reglas de trabajo de
nuestro Cuerpo y, aún así, no sé si me será posible. No es fácil imaginar el
Senado sin su voz vital, sin ése su acento ronco, que trepaba en crescendos
enérgicos y a menudo vibrantes, o se quebraba en los sutiles repliegues de la
emoción. No es fácil, señor presidente, imaginar nuestros debates sin su aporte
apasionado, pero a la vez lleno de persuasión y de humanidad, matizado con
humor y también con poesía. Supo recrear con amor -recién el señor senador
Batalla ha usado esta palabra y en mis notas las he puesto muchas veces- y
hacernos recrear también a nosotros, muchas cosas de la historia de esta tierra
nuestra, recomponiendo con fuerza y ternura sus hechos y sus personajes. Pero
nunca vivió anclado en el pasado; vivió con intensidad nuestro tiempo y
observando, con mirada sabia y atenta, los avatares de la sociedad
contemporánea, no simplemente con la idea de escrutar, como un investigador
distante y ajeno, sino para actuar; y lo hizo a cabalidad. Lo percibí, lo vi,
lo sentí, aquí en esta Casa, como un puente entre generaciones políticas; algo
así como una expresión personal, concreta, de la continuidad en el tiempo de
los esfuerzos y los afanes colectivos de nuestros Partidos, no sólo del Partido
Colorado, sino de todos nuestros Partidos. Parecía que siempre estaría
físicamente presente aquí o en alguna parte de la República para manifestar su
indestructible lealtad a nuestras instituciones. Y más que en los dichos o en
las repeticiones retóricas, en su vivencia. Siempre sentí la confianza de
Cigliuti en que a través de estas instituciones era posible un futuro mejor
para los uruguayos. Tuvo fe en que ellas sirvieran para hacer cosas, y que
fueran buenas. Vivió en el Partido Colorado y en el Batllismo; diría más: vivió
el Partido Colorado y el Batllismo.
Apartándome del texto, quisiera
señalar que en las votaciones cruciales muchas veces veía desde mi banca su
mirada inquieta, aunque discreta, observando cómo votaba el Partido. Sin duda,
experimentaba un toque de satisfacción cuando notaba que nuestras manos estaban
todas juntas arriba o todas juntas abajo, y cierta frustración si no era esto
lo que ocurría. Con ese gesto -tal vez inconsciente- dio una lección y expresó
su vocación a la unidad del Partido Colorado.
Su formidable convicción en estas
ideas -que tal como se ha dicho aquí era apasionada, pero también racional-
nunca lo condujo a la intolerancia; jamás descendió al agravio. Sí luchó en
forma tenaz e indeclinable por sus ideas, hecho que en el quehacer político, a
mi juicio, es algo ejemplar. Pienso que aquel ser que vibra profundamente por
lo que cree y lucha tenazmente por ese ideal y, sin embargo, no pisotea, no
descalifica, no agravia, sino que, por el contrario, en los más apasionados y
encendidos debates muchas veces expresa una palabra de encomio al
circunstancial rival en una discusión o en un debate, es digno de destacar y
digno de elogio.
Carlos Cigliuti dedicó su existencia
al quehacer político: lo hizo con sencillez y naturalidad, pues las altas
posiciones nunca lo envanecieron. Caminó a través de ellas con una dignidad
espontánea que nacía de su propio señorío. Tuvo el mismo lenguaje para los
poderosos y para los humildes. Y aquí lo vimos abordar, sí, los grandes temas
de Estado, los generales, abstractos o muy complejos -y es bueno que así haya
sido- pero es preciso recalcar y destacar que su palabra también siempre estuvo
al servicio de las personas concretas, de quienes él creía que necesitaban
algo. Sé que quienes golpearon a su puerta siempre tuvieron una respuesta.
En su alma anidó la llama de la
libertad, acaso heredada de sus mayores, de la noble raza itálica, que llegaron
a nuestra patria decididos a preservarla y a hacerla crecer. En él, en Carlos
W. Cigliuti lo lograron, dio fruto, fruto cumplido de libertad. Amó la
enseñanza y las artes y se prodigó en su amparo. Así lo hizo también en el
campo de las cuestiones electorales, centro del proceso democrático.
Señor presidente: sin duda, vamos a
extrañar su consejo oportuno y amigo; sus reflexiones prudentes y también su
impulso apasionado y su fuerza, que en los largos debates nocturnos estallaba
en sus alegatos vigorosos. Cuando todos parecíamos entregados a la rutina del
trabajo, él se erguía inmune a la fatiga y al hastío. Pero tan difícil como
imaginar su ausencia de esta sala, lo es pensar a Carlos W. Cigliuti retirado e
inactivo. La última vez que lo vi en el hospital estaba atento a las noticias
de la televisión y de los diarios, interesado e inquieto por la marcha del tema
de la reforma.
Creo que su partida, triste para
todos, es la que él hubiera elegido: en medio del camino, marchando.
Sean éstos, junto a su vida fecunda,
su amor a los suyos -en los que hallaba renovada fuerza- y su personalidad
generosa en afectos, los elementos que sirvan de consuelo para su familia, a la
que saludo con emoción, particularmente a su señora esposa.
Sé que sus ojos claros -con esa
chispa de fuerza, de humor y también de picardía- a los que nunca llegó la
vejez, no se cerrarán para siempre.
Por último, si se me permite como un
comentario personal, quiero expresar que, como tengo la convicción de que aún
desde su laicismo, era un hombre de buena voluntad, que amó las cosas y se
alineó con decisión en el bando de los constructivos, de los que hacen y no de
los que destruyen, de los que quieren y no de los que odian, creo que no vería
mal una oración al Padre común, que tal como está escrito, tiene muchas moradas
en su Reino.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Bruera.
SEÑOR BRUERA. - Señor presidente: en
nombre de nuestro sector, ha hecho uso de la palabra el señor senador Astori;
no obstante, me resultaría realmente incómodo irme de esta sala sin pronunciar
algunas palabras de homenaje a un personaje nacional, del Partido Colorado, del
Batllismo, cuya desaparición ha sensibilizado en forma profunda a todos los
uruguayos.
Sé que aún debemos esperar para hacer
la historia de los últimos 60 años, época en la que ha actuado nuestro querido
amigo hoy desaparecido. Pero creo que todos estamos convencidos de que, en
verdad, se fue con él una fuerza democrática, firme; en realidad, se ha ido un
gran personaje del entendimiento en este Senado.
Aquí se ha citado a Antonio Machado y
yo también quiero evocar a este sabio poeta para decir que nuestro querido
compañero Carlos W. Cigliuti mostró cabalmente que un corazón solitario y no es
corazón. Sin duda, ha sido un corazón ardiente, combatiente y que, además, nos
ha enseñado a vivir en este Senado, levantando la mira y profundizando todo lo
que tiene que ver con la relación humana, pues eso es lo que la política supone
en primer lugar.
Antes de ocupar una banca en el
Senado, ya conocía a Cigliuti y, en este momento, quiero expresar a mis
compañeros que siento que hemos perdido a un político, pero también a un amigo.
Fui a visitarlo dos veces al
Sanatorio. La primera vez estaba en el CTI, donde pudimos conversar algunos
minutos, y allí intenté darle apoyo en ese trance difícil, pese a que lo
encontré muy animado. Recuerdo que le pedí que volviera pronto al Senado,
porque aquí todos lo queríamos, a lo que me respondió que volvería porque él
también nos quería mucho. Yo sé que este sentimiento de Cigliuti era franco,
sincero y abierto.
Ha desaparecido un amigo y un
político. El fue el punto de referencia para todos nosotros. No pocas veces,
especialmente en la Comisión de Presupuesto integrada con Hacienda, Cigliuti
fue el vocero de muchos. A él le entregábamos reclamos de funcionarios y
opiniones de nuestro sector -al igual que otros- para que en el Plenario o en
la Comisión expresara esos anhelos que queríamos llevar adelante.
Señor presidente: estamos en un día
triste. Me doy cuenta que falta la figura de Cigliuti. Para recordarlo bien,
hubiéramos necesitado un discurso suyo, en virtud de su emotividad y de su
cultura. Era un hombre fino, con cabeza de profesor y tenía esa voz -que,
personalmente, me hacía recordar a Zavala Muniz- que parecía que salía de un
pulmón enfermo, gastado y que lo hacía más entrañable aún.
Por último, deseo agregar una
apreciación muy personal. En mi casa somos frenteamplistas. Sin embargo,
siempre le comentaba a Cigliuti que el único competidor que había en mi casa
era él, porque mi familia lo estimaba mucho y cuando aparecía en televisión
decía que nunca había visto a un político tan "entrador" -pido
disculpas por utilizar este término popular- tan simpático y capaz de mostrar
cosas del alma.
En este momento en que deseo despedir
a un amigo -nuevamente pido disculpas por haber traído a colación ese elemento
tan personal, que pertenece a mi familia y que tal vez para muchos sea
insignificante- no puedo dejar de decir que hay muchos corazones que, a pesar
de no pertenecer al Partido Colorado ni a la corriente batllista, estamos
apenados por la muerte de este gran demócrata, de este hombre de Canelones,
como lo recordó con toda sencillez -y yo diría con todo el oro- el señor
senador Santoro.
Finalmente, deseo hacer llegar mi
afectuoso saludo a su familia, a su querida esposa, a sus correligionarios del
Partido Colorado y del Foro Batllista, a la gente de Canelones y a todos sus
distinguidos compañeros.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Bouza.
SEÑOR BOUZA. - Señor presidente: ya
hace unas horas que recibí la noticia del fallecimiento de Carlos Cigliuti; sin
embargo sigo sintiendo lo mismo que en ese instante, es decir, un doble
sentimiento de sorpresa y de dolor. De sorpresa porque, al igual que todos los
señores senadores, quien habla abrigaba la esperanza de volver a tenerlo junto
a nosotros, en el lugar en el cual él tanto disfrutaba; de dolor, por saber que
ya nunca más va a estar aquí.
Creo que, sin duda, Cigliuti realizó
su vocación. Como se ha señalado en este Cuerpo, sintió la pasión por la
política y la vocación de servir, y las realizó plenamente. La muerte lo ha
encontrado en su trinchera, sin haber bajado nunca los brazos y luchando hasta
el último instante. Esa es la muerte de los luchadores. Pienso que su familia,
su señora, sus amigos, su Partido, su Canelones y su país sienten orgullo por
lo que fue Carlos Cigliuti. Confieso que ahora estuve tentado de llamarlo
"Chilín", tal como lo hizo el señor senador Batalla.
Si me permiten, deseo contar una
anécdota. Muchas veces, conversando con él en el Senado, por la diferencia de
edad, lo llamaba "don Carlos"; pero él siempre me corregía y
sonriendo me expresaba: "No, don Carlos era mi papá. Yo soy
"Chilín". Eso revelaba un doble valor: por un lado, el inmenso
respeto que seguía manteniendo por su padre y sus ancestros y, por otro, el
espíritu jovial que siempre lo acompañó. El quería seguir siendo
"Chilín". Fue un hombre de espíritu joven, que enfrentaba los años
sin que éstos lo doblegaran; por el contrario, mantuvo enhiesto su espíritu
joven para afrontar todos los días un nuevo desafío.
Por este motivo, hoy siento tanta
amargura al venir al Senado y ver que él no está ni estará más en su banca; que
el Partido Colorado y el país librarán otras batallas y que él no estará en sus
trincheras. ¡Es la vida, y lo que tenemos que aprender de ella! También es lo
que tantas veces hemos manifestado y que él ha dicho con gran galanura -como se
ha recordado en este Cuerpo en la tarde de hoy- que, en definitiva, los hombres
que se van continúan viviendo en los que los sobreviven, cuando estos últimos
respetan el ejemplo de los primeros.
Cigliuti va a seguir viviendo entre
nosotros y va a continuar librando batallas en el Senado y en el Partido
Colorado a través de nosotros. Por tanto, por intermedio de los que quedamos,
va a seguir siendo, como él quería, un protagonista del destino del país.
Los señores senadores comprenderán
que en este momento me embarga la emoción. He estado muchos años junto a
Cigliuti -él no tantos conmigo- conviviendo íntimamente y con afectos
recíprocos. Me he sentido muy bien acompañado por él cuando pensamos y luchamos
por lo mismo y también muy bien enfrentado por él cuando tuvimos ocasionales
discrepancias. En este instante recuerdo un episodio político que fue original
en la vida de los partidos en Uruguay. Concretamente, me refiero a la
celebración de las elecciones primarias en el batllismo en el año 1989. Los
batllistas llegamos a esa contienda y designamos un tribunal que debía arbitrar
las formas de organizar esa elección. Teníamos diferencias y una de ellas era
sobre el día en que íbamos a convocar a los batllistas para votar. Quien habla
sabía que iba a encontrar el entendimiento con "Chilín".
Precisamente, fue con Cigliuti con quien acordamos el momento en el cual todas
esas diferencias fueron superadas y las urnas que él tanto quería también se
abrieron para el batllismo.
En el día de hoy deseo expresar mi
emoción, mi dolor y mi afecto a toda su familia y, particularmente, a su
señora. Tal como lo ha señalado el señor senador Santoro, también conocí la
austera humildad en que vivió Cigliuti. Recuerdo que un día fui a visitarlo a
su casa -ubicada en el departamento de Canelones- con motivo de la elección a
que hacía referencia hace unos momentos y él, que como pocos en el Uruguay era
un especialista en el tema electoral, dedicado al conocimiento de los
procedimientos que garantizan la libre expresión política de la ciudadanía, en
determinado momento -no tengo presente por qué- le reclamó a su señora que
trajera su credencial. Así lo hizo y pude comprobar que se trataba de una
credencial como la de tantos de nosotros: un papel muy arrugado, gastado y
pegado por todas partes. Frente a esto, le pregunté a Cigliuti -que siempre
estaba pendiente de estos temas- cuál era la razón por la que no la había hecho
renovar. El era así; tenía a toda la jerarquía de un gran republicano y,
también, toda la austeridad y humildad de un hombre simple del pueblo uruguayo
y del de Canelones, del que no se apartó nunca.
En este momento de tanta emoción
quiero trasmitir a su señora y a su familia mis condolencias y, naturalmente,
las de la Lista 15; con ellos compartimos el dolor de esta partida y ante ellos
nos comprometemos a continuar la pasión y la devoción por el bien público y el
servicio a la causa de la democracia y de nuestra gente. Aclaro que no estoy
hablando en nombre de mi sector, ni de mi Partido, sino en el de todos los
uruguayos.
Luego de haber escuchado la expresión
de muchos señores senadores que han hecho uso de la palabra, hemos podido
percibir hasta dónde tiene fuerza y jerarquía la función pública y política en
el Uruguay, y también que las diferencias tienen un límite, que es el del
respeto recíproco y el saber que entre todos defendemos valores que nos son
comunes y que son la base y el sustento sólido de una convivencia civilizada.
Estamos hablando de una sociedad que quiere mantener sus diferencias dentro de
determinados límites que aseguren una convivencia respetuosa. De eso fue
imagen, a lo largo de su vida, don Carlos Cigliuti. Alumbrados por esa imagen,
pues, es que todos nosotros tendremos que seguir ese derrotero. Los que hoy se
van, como lo ha hecho Cigliuti, cargan sobre las espaldas de los que nos
quedamos la responsabilidad de continuar esta tarea, sabedores -como sabemos-
de que algún día también seremos nosotros los que transitemos ese camino,
porque eso es el devenir.
Es cuanto deseaba señalar.
SEÑOR PEREZ. - Pido la palabra.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador.
SEÑOR PEREZ. - Señor presidente: no
tenía pensado hacer uso de la palabra, porque aún me encuentro bajo el efecto
de esta noticia que ha entristecido a la familia del ex senador Cigliuti, a sus
compañeros de Partido, al Senado de la República y, como bien se ha dicho, a
todo el espectro político y a la población del país. Sin embargo, por la
amistad que teníamos, he sentido la necesidad de agregar algo a lo ya dicho,
que me parece ha cubierto todos los extremos en cuanto a la valoración correcta
y honesta que se ha hecho en torno a este formidable compañero hoy
desaparecido.
Debo decir que, ante todo, don Carlos
Cigliuti era -creo que lo fue durante toda su vida- un gran combatiente,
fraterno y respetuoso; lo fue desde su juventud, desde esa época que él mismo
recordó cuando el Senado tributó su homenaje a Atahualpa Del Cioppo. Cigliuti vibró
con la causa de la República Española y también lo hizo, muy intensamente,
durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un antifascista y un demócrata en la
época de la dictadura. Recuerdo que el primer contacto que mantuvimos con él
fue gracias a los oficios del ex senador Enrique Rodríguez -que lo conocía
desde mucho tiempo antes- cuando Cigliuti ocupaba el cargo de Subsecretario del
Ministerio de Defensa en el año 1972. Nos referimos a los momentos en que aún
no se había llegado a los extremos a los que se arribó posteriormente, o sea,
cuando la vida de mucha gente no valía demasiado. Por lo tanto, el tener un
canal abierto para la comunicación directa a ese nivel ministerial permitía,
digamos, separar la paja del trigo y, también, ayuda a muchas personas que,
injustamente, y por obra de las circunstancias que se estaban viviendo, pasaban
penurias. Inclusive, esto posibilitó brindar apoyo a familiares de quienes
tenían una responsabilidad directa sobre determinados hechos y que no podían
ser víctimas de situaciones de este tipo.
Así, mucha gente quedó enormemente
agradecida a Cigliuti que, con la misma sobriedad que siempre le conocimos,
jugó ese papel que en un día como el de hoy vale la pena recordar y resaltar,
ya que formaba parte de una de sus aristas más relevante en lo que hace a su
vocación democrática y de servicio, demostrada no solamente en los momentos
fáciles, sino fundamentalmente en los más difíciles, en los que actitudes de
esa índole podían significar arriesgar el pellejo frente a situaciones que
podían volverse incontrolables y para las que él, con toda firmeza, serenidad y
paciencia, siempre encontró una solución.
Don Carlos Cigliuti fue un
dignificador de la labor parlamentaria. Creo que en este sentido todos los
parlamentarios debemos estarle agradecidos. Se nos podrá decir que no ha sido
el único, puesto que en la historia del Parlamento han existido muchos
legisladores que, de una u otra manera, han merecido el reconocimiento de ambas
Cámaras; pero, a nuestro juicio, sin duda una de las personalidades que más lo
ha merecido y lo merece es el ex senador Cigliuti.
Aquí se ha dicho que siempre fue un
hombre bueno, combatiente, demócrata y profundamente sensible a las causas
populares, lo que -tal como lo ha señalado el señor senador Astori- se
evidenciaba cuando se llevaba a cabo la labor común de la Comisión de Rendición
de Cuentas, durante cuarenta y cinco días. En esa instancia, la mayoría de los
reclamos de índole popular tenían un portavoz calificado en la actuación del
señor senador Cigliuti.
Cabe resaltar, además, que era un
hombre de extraordinaria cultura y de un enorme buen humor, que fue una de las
cualidades que más nos acercó. Siempre recordaremos a Cigliuti como un docente,
como un maestro y como un hombre con un profundo sentido del humor, que ayudaba
a la convivencia en el Senado. Sin duda, estas características contribuyeron a
que mantuviera con los suyos un vínculo excepcionalmente real y vívido, por lo
que su ausencia será muy difícil de sobrellevar para su compañera y su familia.
Finalmente, quiero expresar mi pésame
a la banca del Foro Batllista, al Partido Colorado y, sin duda, al pueblo
uruguayo todo, que sufre hoy una pérdida irreparable.
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Millor.
SEÑOR MILLOR. - Señor presidente:
expreso mis palabras con un tremendo dolor porque he perdido a una de las
personas que más he querido y respetado en este quehacer, incluso mucho antes
de conocerlo personalmente, debido a lo que de él me trasmitían en mi hogar.
Aclaro que tengo a muy buen recaudo la recomendación que el señor senador
Cigliuti le hizo al señor senador Astori, que en algunos aspectos fue similar y
en otros diferentes a la que nos dio a nosotros ya que, según nos decía, no se
trataba simplemente de decir cosas nuevas y evitar repetirse a sí mismo sino,
además, de no reiterar lo que decían los demás. En ese sentido, debo señalar
que ha sido tan impresionante lo que se ha manifestado sobre el señor senador
Cigliuti, que lo hemos sentido como dicho por nosotros mismos, porque es
absolutamente merecido.
De la misma manera que hoy el señor
senador Belvisi resaltaba la presencia del señor ministro García Costa,
quisiera destacar como símbolo de lo que era don Carlos, la presencia anónima
de un ex-compañero del Senado que, junto a "Chilín" y al que habla,
trabajó en algunas Comisiones. Me refiero al ex-senador Manuel Singlet, a quien
agradezco profundamente su presencia.
Precisamente, recordando la labor de
esas Comisiones y el temperamento del señor senador Singlet, se reafirma lo que
tanto se ha destacado en cuanto a la personalidad de don Carlos, que poseía un
tremendo fervor, pero que no generaba rencores; era un polemista dificilísimo
que, al final de la contienda, no alejaba sino que acercaba a quien había polemizado
con él.
Como bien ha señalado el señor
senador Bouza, era tan formidable enfrentarse con él como coincidir, porque
hacerlo con un gigante creo que es uno de los pocos y más gratificantes honores
que nos depara esta tarea.
Coincido con la sensación que
expresó, entre otros, el señor senador Pereyra, en cuanto a que para rendirle a
don Carlos el homenaje que merece, hace falta otro Cigliuti en esta sala. Por
más sentidas que sean nuestras expresiones, ninguno de nosotros -y lo digo con
el mayor respeto, porque sé que es un sentimiento compartido- sería capaz de
trasmitir lo que podría haber dicho don Carlos de la caída de un compañero de
similares características. Cigliuti llegó a hacernos emocionar hablando de
gente que ni siquiera habíamos conocido, por su impresionante forma de
trasmitir sentimientos que siempre eran sinceros.
Su personalidad era una paradoja
constante, por lo que es muy difícil definirlo. Prefiero recordarlo por una de
las facetas que más me gustaban de él, que era un sentido del humor, sin el
cual es muy difícil el quehacer político en los tiempos modernos. Con el mayor
de los respetos quiero señalar que siempre se me antojó, hasta por su figura
desgarabada, que era una especie de Quijote que uno imaginaba con la lanza,
emprendiendo contra lo imposible.
Aclaro con franqueza que una de las
mayores sorpresas que me he llevado en el día de hoy fue el descubrir su edad,
que nunca me atreví a preguntar. Si recordamos su vigor físico, su
actualización mental, su rapidez de respuesta, su picardía, su gracia y hasta
su elegancia, evidentemente representaba mucho menos de 77 años; sin embargo,
si tomamos en cuenta sus conocimientos, el anecdotario y las cosas que sabía,
de esas que no se aprenden en los libros -y Cigliuti sabía absolutamente de
todo- daba a entender que tenía más edad.
Siendo niño, en una década muy
difícil, en la que mi Partido se destrozaba en el enfrentamiento entre las
Listas 14 y 15, aprendí de mi padre -que también era de Canelones- que en el
Uruguay era evidente que existía una división muy grande entre los batllistas,
pero que ella no respondía a las diferencias entre las mencionadas listas sino
que, según mi padre, existían batllistas a secas y batllistas de Canelones.
Estos últimos consideraban que tenían una impronta muy particular porque eran
los dueños del batllismo. Creo que algo de eso es cierto, porque a los
batllistas de Canelones no sólo les correspondía Batlle, Brum, Grauert y
Amézaga, sino que también habían tenido a Berreta y a César Mayor Gutiérrez. De
ese departamento surgió una legión impresionante de adversarios y amigos que
eran personas con mayúscula. El señor senador Santoro debe recordar con cariño
a los Capeche, los Caputti, los Cigliuti y tantos otros, que no sólo honraron
al departamento y a mi Partido, sino también al quehacer político.
Es indudable que en el correr de
estos últimos años estamos perdiendo, más que combatientes formidables y
tribunos irremplazables, una estirpe de políticos uruguayos que no se va a
repetir, porque pertenece a otro tipo de Uruguay que, a su vez, formaba parte
de otro tipo de mundo que será muy difícil de reconquistar. Más allá de la
tolerancia y de los sentimientos humanitarios, es imposible reconstruir una
época como la que dio origen a estos canarios que, además de ser tales, tenían
el privilegio -y disculpen quienes no pertenecen a mi Partido- de ser
batllistas.
A raíz de lo que ha señalado el señor
senador Santoro, tal vez consiga descifrar otro de los grandes misterios que él
conoció en ese empleo. Era muy difícil hablar con Cigliuti de Canelones, porque
si uno trataba de deslumbrar con algún conocimiento del terruño que fue de
nuestros padres y mencionaba una bodeguita, un pequeño tambo o a algún modesto
chacarero, don Carlos conocía a sus parientes, a sus antepasados, a sus
vecinos, y muy probablemente tuviera alguna anécdota y, demás está decir, de
qué pelo político era. Estos no son conocimientos que se adquieran en las
Universidades y en los libros; los posee esa estirpe de políticos que se está
extinguiendo y no son sólo académicos, sino también de embarrarse, de recorrer
y estar en contacto con la gente.
Como señalaba el señor senador
Bruera, estas personalidades asumieron la magia de los medios de comunicación
porque eran tremendamente entradores y no necesitaban asesores de imagen para
agrandar sus características. Sin embargo, por más modernos que fuesen los
tiempos, no abandonaban sus orígenes del mano a mano, la mano extendida y la
conversación allí donde vivía la persona que, siendo o no del Partido, era
vecina y había que conocerla.
Digo con total franqueza que este es
un golpe tremendo para mi Partido Colorado, porque no es una espada cualquiera
la que se nos va.
Creo que el señor senador Cigliuti
más allá de lo que era aquello que nos emocionaba a todos -me refiero a los
homenajes- también en el combate cívico, en la pasión, en los temas más
ríspidos de esta Legislatura, demostró que era una espada tremenda, de un
potencial cívico y de un coraje que no se doblaba absolutamente ante nada. Es
evidente que vamos a sentir su falta en el peor momento, en circunstancias en
que nuestro Partido -así como el resto de los sectores políticos- se aproxima a
un combate electoral. Pero también es cierto que la falta va a ser sentida por
todo el sistema político, y muy especialmente por el Senado de la República.
Antes de ingresar a sala, el señor
senador Irurtia me recordaba una anécdota que vivimos prácticamente todos los
integrantes de la bancada del Partido Colorado. Se refiere a algo en lo que
también el señor senador Cigliuti era maestro, que era la resolución de los
problemas internos. Concretamente, el problema se planteó cuando se instaló la
Legislatura y hubo que dirimir qué senador iba a Comisión. Estos son los temas
pequeños que todos los partidos políticos tienen. En aquel momento, ninguno de
los cuatro sectores del Partido Colorado deseaba formar parte de la Comisión
Administrativa. Tal vez por ser la bancada más joven se nos había dado ese
fardo y por un problema de antigüedad resolvimos endilgárselo, a su vez, a
nuestro compañero el señor senador Irurtia, que de ninguna manera quería
integrar esa Comisión. Recuerdo perfectamente que el señor senador Cigliuti,
para destrabar esa situación, dijo: "Vengan conmigo, vamos juntos, que los
voy a orientar y nos vamos a divertir". Realmente ocurrió eso, porque era
generosísimo hasta en el sacrificio. Se prestaba no sólo a orientar a quien
recién conocía, pero era compañero de Partido y de trabajo, sino también a
sacrificarse a sí mismo para que el Partido no se detuviera en cosas menores y
tuviese la mirada hacia donde el señor senador Cigliuti pretendía que la
tuviera; hacia el porvenir, que es mucho más que el futuro. El futuro es un
tiempo al cual llegamos absolutamente todos; el porvenir es un futuro con contenido
social, y por eso se supone que luchamos los batllistas.
Entonces, asumiendo que esto es una
pérdida muy importante para todos -más allá de un partido e inclusive de un
sistema- y para lo que debe ser el vértice más trascendente de una contienda
política, que es la convivencia pacífica entre quienes piensan de distinta
forma, en momentos en que se está perdiendo la gallardía en el decir, la ironía
sutil, que se hiciere pero aporta argumentos, la picardía y cuando la grosería
sustituye a la elegancia en el discurso, creo que hizo bien el señor senador
Pereyra al pronunciar esa viva musitando en responso, en homenaje al señor
senador Cigliuti. Sin ofensas -quiero que esto se entienda, porque así procedió
siempre en la vida, más allá de apasionamientos- permítanme decir muy
emocionadamente: ¡Viva Batlle! ¡Viva el Partido Colorado!
SEÑOR PRESIDENTE. - Tiene la palabra
el señor senador Arana.
SEÑOR ARANA. - Señor presidente:
quiso la suerte que me enterara por una radio local del departamento de Canelones
del triste suceso que hoy nos convoca: el fallecimiento del ex senador
Cigliuti. Aun a riesgo de caer en la reiteración -que, por lo visto, él
criticaba- no me sentiría conforme conmigo mismo si no diera un mínimo
testimonio de lo que fue para mí esta persona, a través del conocimiento que
tuve de él en el Senado y, particularmente, al haber compartido con él estos
últimos cuatro años de trabajo en las Comisiones de Asuntos Laborales y
Seguridad Social, Asuntos Administrativos y Educación y Cultura de esta Cámara.
También tuve oportunidad de analizar con él en dos ocasiones el tratamiento de
la Rendición de Cuentas.
Creo que es imposible que esta clase
de persona pase inadvertida -me pareció percibirlo y pienso que todos
coincidirán conmigo en esto- y que no concite un extraordinario cariño en todos
aquellos que lo conocen. Tuve la oportunidad de compartir con él una visita
oficial de unos diez días, durante la Administración anterior, acompañando al
ex presidente doctor Julio María Sanguinetti. En esa ocasión, me pareció
advertir inmediatamente la calidad de persona que engalanaba a esa figura que
podría corroborarse a través de su inteligencia, demostrada como profesor,
periodista, escritor y orador lúcido y vibrante; de ese finísimo sentido del
humor nunca hiriente; de esa cordialidad y franqueza; de esa lealtad hacia su
Partido y correligionarios, pero también hacia sus adversarios y rivales
políticos, y de esa capacidad increíble de trabajo, de diálogo y tolerancia,
que fue siempre compatible con el ardor, la firmeza, la valentía y con el
apasionamiento cívico.
Por todo esto, señor presidente,
sentimos que se nos va un gran político, un gran compañero, una gran persona y
un hombre de bien.
Muchas gracias.
SEÑOR PRESIDENTE. - Solicito al señor
senador Santoro que me sustituya en la Presidencia para hacer uso de la
palabra.
(Ocupa la Presidencia el señor
senador Santoro)
SEÑOR PRESIDENTE (Dr. Walter R.
Santoro). - Tiene la palabra el señor presidente del Cuerpo.
SEÑOR AGUIRRE RAMIREZ. - Señor presidente:
considero un ineludible deber en estas tristes circunstancias expresar, en
nombre de mi sector político, pero fundamentalmente en mi calidad de presidente
del Cuerpo, la profunda y sincera congoja que nos embarga ante la desaparición
física de quien fuera, sin duda alguna, uno de los más brillantes y
distinguidos integrantes de esta Cámara, el senador don Carlos W. Cigliuti.
Recuerdo la impresión de cierto
respeto casi reverencial que tuve el 14 de febrero de 1985 -día en que nos
encontramos quienes, después de once años de dictadura, habíamos recibido del
pueblo el inmenso honor de ocupar una banca en esta Cámara Alta- cuando, en el
lugar en que hoy trabajo todos los días, el despacho de la Presidencia, tuve la
oportunidad de dialogar y encontrarme al lado de alguien a quien desde niño
consideraba una personalidad política distinguida, con la que nunca había
soñado que iba a poder compartir tantas horas de intensa y fecunda labor. La
última vez que nos cruzamos con él y cambiamos en forma muy breve unas palabras
en las puertas del Senado -en los primeros días de diciembre- cuando vimos en
su mirada su destello de bondad más intenso que el que le era habitual -que ya
era mucho- porque venía trayendo de la mano a su pequeño nieto y dialogando con
él, no podíamos sospechar que poco más de un mes más tarde íbamos a tener que
enfrentar esta dolorosa circunstancia por la cual nos vemos en la obligación de
tributarle este más que justificado homenaje.
Fue nuestro compañero aquí en el
Senado durante nueve años y en la Legislatura pasada ocupaba la banca en la que
hoy toma asiento el señor senador Arana. Trabajamos junto a él múltiples
oportunidades y recordamos, en este momento, la primera instancia en que lo
hicimos en una Comisión Especial que se había creado a solicitud de los
integrantes de la Junta Electoral de Montevideo y para redactar un proyecto de
ley que modificara el estatuto legal por el que estos órganos se habían regido
durante el gobierno de facto. Junto con el señor senador Batalla integramos la
Comisión que redactó aquel proyecto de ley, que a pesar de que el Senado lo
votó afirmativamente, no mereció la aprobación de la Cámara de Representantes.
En ese primer encuentro de trabajo ya advertimos todas las condiciones que
destacaban la poderosa y originalísima personalidad de Carlos Cigliuti, sus
condiciones innatas para el trabajo parlamentario, su profundo dominio de una
amplia gama de temas, su condición de hombre serio, responsable, cumplidor
estricto de todas sus obligaciones, un auténtico caballero y, además, una
persona que supo ganarse la amistad de todos aquellos que tuvimos el privilegio
de cultivar su trato.
Diría que Carlos Cigliuti fue más
parlamentario que legislador, no porque no fuera un legislador en la más cabal
acepción de la palabra, un hombre que sabía estudiar, analizar, desmenuzar un
proyecto de ley con capacidad, con sabiduría y dedicación al trabajo, sino
porque lo que más se destacaba en su multifacética personalidad era
indiscutiblemente el parlamentario de raza, el hombre que en las sesiones tenía
siempre la intervención justa, la que daba una nota que elevaba el vuelo de los
debates y la altura de las confrontaciones.
Hablaba lo necesario. Se ha dicho
aquí -con razón- que era reacio a hacer uso de la palabra -y así lo aconsejaba
también a sus colegas- en forma innecesaria o reiterativa. Así era, todos
recordaremos que hace pocos meses, cuando le tocó la responsabilidad, en nombre
de su sector político, de interpelar al entonces ministro de Defensa Nacional,
el doctor Mariano Brito, siendo, como él mismo nos lo señaló antes del inicio
de la sesión, la primera oportunidad en su larga carrera parlamentaria en que
iba a asumir el rol de interpelante, le bastaron tan sólo 28 minutos para
desarrollar toda su exposición. En ese tiempo hizo su alegato y su acusación
que, en definitiva, es en lo que consistió su intervención. Todos estamos
habituados a que las interpelaciones sean precisamente las ocasiones en que
quienes asumen el rol de fiscales hagan uso y a veces abuso de la palabra, por
la misma trascendencia política de esas instancias, pero ese maestro de la
oratoria demostró entonces ser también un maestro de la medida justa en el uso
de la palabra.
Siempre que él intervenía se hacía un
silencio total en la sala, lo que es la mejor demostración de cuando un
parlamentario es realmente un hombre que se destaca en el ejercicio de su
función. Tanto en el Senado como en el ámbito más numeroso de la Asamblea
General, cada vez que don Carlos Cigliuti pedía la palabra, todos los legisladores,
los de su Partido y los que pertenecemos a otras bancadas, hacíamos silencio
para escucharlo, con la seguridad que íbamos a asistir a una intervención que
no tendría desperdicio. Fue -qué duda cabe- un brillante orador y, como aquí se
ha dicho, particularmente se destacaba en esa condición en el rol que hoy todos
tenemos la desdicha de asumir, es decir, el de pronunciar una oración fúnebre.
No puedo olvidar el espectáculo que
presencié desde la Presidencia en el año 1990, cuando, por una iniciativa muy
acertada del señor senador Pereyra, se rindió homenaje a nuestro gran poeta
compatriota nativista Serafín J. García. Se realizó una sesión extraordinaria y
se invitó a un grupo de los alumnos de la escuela que lleva su nombre. Hubo
varias intervenciones y, cuando parecía que el homenaje estaba concluido, el
señor senador Cigliuti pidió la palabra. Su oratoria fue convocando poco a poco
a la emoción y realmente nos transportó al asombro que se reflejaba en las
caras de los niños que estaban en la barra cuando, espontáneamente y brotando
con la fuerza de un torrente, comenzó a recitar estrofas y más estrofas de la
obra cumbre de aquel poeta: "Tacuruses". Cuando terminó de hablar,
resonó un aplauso espontáneo de los colegas y de la barra; los niños se pusieron
de pie y, como los compañeros recordarán, varios senadores interrumpieron la
sesión para dirigirse a la banca del señor senador Cigliuti, estrecharlo con un
abrazo y expresarle de viva voz las felicitaciones a que se había hecho
acreedor.
Carlos Cigliuti -no voy a decir por
sobre todas las cosas, pero sí como una de las aristas definitorias de su
personalidad- un defensor permanente, combativo y tenaz, de su partido
político, el Partido Colorado. En momentos en que éste ejercía el gobierno de
la República bajo la Presidencia del doctor Julio María Sanguinetti -sin duda
todos los que fuimos sus compañeros en la Legislatura lo recordamos- era
siempre el primero en la defensa de las posiciones de su Partido. Cada vez que
en sala resonaba una voz que fustigaba, en cualquiera de las áreas de su
gestión, lo actuado por el gobierno del Partido Colorado y, particularmente,
por el presidente de la República, el primero en salir en su defensa, con el
acierto propio de quien tenía dotes naturales de polemista y siempre hallaba
argumentos y razones para oponer a las de sus contradictores, el primero en la
línea de defensa de su Partido -convencida y, por qué no, convincente- era el
señor senador Cigliuti.
Además, el senador Cigliuti fue un
hombre de profundas convicciones batllistas, un hombre que quiso
entrañablemente al batllismo y a la figura de su creador, don José Batlle y
Ordóñez, y que creía intensamente en las ideas que este último aplicó en
nuestro país durante las casi tres décadas en que su vigorosa personalidad
ejerció una influencia preponderante en la vida de la República, y no sólo en
las dos oportunidades en que fue presidente.
Ese hombre que había llegado al
Partido Colorado y al batllismo en plena adolescencia, en las horas difíciles
de marzo de 1933, que había comenzado su trayectoria política al lado de don
Tomás Berreta, por quien tenía una profunda admiración, sabía adecuar el
pensamiento de Batlle a los tiempos que corrían. Recuerdo que, en una sesión de
1991, en el debate sobre la Ley de Empresas Públicas, desde su bancada surgió
una voz discordante con la posición que en ese momento, el estatismo
predominante en las ideas de Batlle y Ordóñez, y don Carlos Cigliuti se irguió
en su banca para replicar a esta intervención, estableciendo que Batlle había
sido, ante todo, un hombre adelantado a su tiempo, una persona que nunca
hubiera permanecido atado a concepciones que el paso de los años y de las
décadas pudieran llevar a considerar que estaban superadas.
Fue, además, como todos sabemos, un docente
por vocación. Cuando dejó de ejercer la docencia formal, siguió actuando como
un auténtico profesor, tal como podíamos apreciar en el diálogo personal o en
la conversación íntima que manteníamos. Siempre tenía a flor de labios la
enseñanza que estaba dispuesto a brindar generosamente, a cuantos tenían
oportunidad de conversar con él.
Cuántas veces, en su pequeño despacho
contiguo a la sala de ministros, o en el mío de la Presidencia, dejamos a un
lado los temas del momento para internarnos por esas avenidas de la historia
del país, que él conocía tan bien y por las que había transitado durante tantos
años, y con cuánta cordialidad, afecto y generosidad a veces nos rectificaba
involuntarios errores.
No olvidemos cuando en cierta
oportunidad, a través de un medio de difusión, le atribuimos al doctor Luis
Alberto de Herrera aquella frase de que "En política, el que se precipita,
se precipita". Recuerdo que Cigliuti vino a nuestro despacho para hablar
de otro tema, y al final me dijo: "Usted el otro día citó una frase que
atribuyó al doctor Luis Alberto de Herrera, pero le puedo expresar en qué
circunstancias fue que don José Batlle y Ordóñez le dijo a don Tomás Berreta
que en política, el que se precipita, se precipita".
En otra oportunidad, hablando de uno
de los grandes parlamentarios que tuvo el país, el doctor Eduardo Rodríguez
Larreta, nos recordaba, de memoria, párrafos enteros del célebre discurso que
éste pronunció en la Asamblea General, el 31 de marzo de 1933.
Junto a todas esas virtudes se destacaba
permanentemente, en su personalidad, esa condición de hombre fiel, leal,
enamorado profundamente de su terruño, de sus pagos, de su solar natal, de su
departamento y de su ciudad de Canelones. Creo que esta condición es
inseparable de los hombres que realmente merecen ser llamados hombre de bien.
Quien no quiere a su patria, al rincón de tierra en que ha nacido, vivido,
establecido a su familia y criado a sus hijos, tiene algún defecto grande en su
conformación espiritual. Ese defecto no lo tenía, en absoluto, don Carlos W.
Cigliuti. Por el contrario, ostentaba en el más alto grado la virtud de ser un
enamorado del pedazo de tierra en que había nacido y vivido prácticamente todos
los días de todos sus años, saliendo de él nada más que para venir a Montevideo
a cumplir con las funciones con que lo había honrado la ciudadanía, en las
urnas.
Naturalmente, fue un hombre de bien
que no acumuló riquezas en su vida. No sé si dejará algo material a su
inseparable esposa y a sus descendientes, pero estoy seguro de que muere pobre.
Era de esa estirpe de hombre que llevan sus galas por dentro, y eran todas
ellas de carácter espiritual.
Ha muerto un hombre inteligente,
fundamentalmente bueno, justo a su país y laborioso. Lo recordaremos siempre
con cariño y con emoción. En esta hora triste de su acabamiento físico, en que
obligadamente presentamos nuestras condolencias a sus familiares, a su sector
político, a su Partido Colorado y, por qué no, al Senado todo, queremos
terminar nuestras palabras parafraseándolo, para elevarnos hasta su espíritu
con conceptos que vertió en su última gran intervención en el Senado, el 5 de
octubre del año pasado, cuando se homenajeó a Atahualpa Del Cioppo.
"Ninguna condición intelectual -dijo él entonces- sirve para nada si no se
basa en una profunda pasión de amor, de solidaridad y de ayuda. En ese sentido,
Cigliuti no va a morir, ya que quedará en el recuerdo de los habitantes de este
país. Si es verdad, tal como dice Cajal, que la gloria es un olvido aplazado,
la presencia de Cigliuti va a resonar todavía, porque la suya es más fuerte que
la ausencia y el olvido que se produce después de la muerte".
"También quiero decir que para
su ciudad de Canelones será, señor presidente, una de sus más brillantes
condecoraciones. Sale destellando del cuenco cálido de su ciudad querida, la
más linda del mundo".
Muchas gracias.
(Ocupa la Presidencia el doctor
Aguirre Ramírez)
SEÑOR PRESIDENTE. - Ha llegado a la
Mesa una moción firmada por todos los integrantes del Cuerpo que están
presentes en esta sesión.
Léase.
(Se lee:)
"Ponerse de pie y guardar un
minuto de silencio. Enviar ofrenda floral al velatorio y participar por la
prensa. Hacerse cargo de los gastos del sepelio. Remitir la versión
taquigráfica de lo actuado a la familia del extinto. Firman los señores
senadores: Ricaldoni, Alonso Tellechea, Arana, Millor, Blanco, Bouzas, Belvisi,
Batalla, Santoro, González Modernell, Bruera, Irurtia, Olascoaga, Pérez,
Pereyra, Astori, Amorín Larrañaga, Bouza, Grenno y el señor presidente del Senado,
doctor Aguirre Ramírez".
-La Presidencia, antes de poner a
votación la moción, estima que además el Cuerpo debe designar a uno de sus
integrantes para que lo represente haciendo uso de la palabra en el acto del
sepelio. Si hay acuerdo, la Mesa luego designaría al señor senador que haría
uso de la palabra en esa oportunidad.
Si no se hace uso de la palabra, se
va a votar la moción formulada.
(Se vota:)
-19 en 19. Afirmativa. UNANIMIDAD.
El señor senador Américo Ricaldoni
representará al Cuerpo en el acto del sepelio.
La Mesa invita al Senado y a la barra
a ponerse de pie y guardar un minuto de silencio en homenaje a la memoria de
don Carlos W. Cigliuti.
(Así se hace)
5) SE LEVANTA LA SESION
SEÑOR PRESIDENTE. - Se levanta la
sesión.
(Así se hace, a la hora 19 y 18
minutos, presidiendo el doctor Aguirre Ramírez y estando presentes los señores
senadores Alonso Tellechea, Amorín Larrañaga, Arana, Astori, Belvisi, Blanco,
Bouza, Bouzas, Bruera, González Modernell, Grenno, Irurtia, Millor, Olascoaga, Pereyra,
Pérez, Ricaldoni y Santoro).
DR. GONZALO AGUIRRE RAMIREZ
Presidente
Don Mario Farachio Secretario - Don
Dardo Ortiz Alonso Prosecretario
Sr. Freddy Massimino Subdirector del
Cuerpo de Taquígrafos